Hay momentos en la vida en los que el silencio pesa más que cualquier palabra. Momentos en los que oramos con sinceridad, buscamos a Dios con reverencia y esperamos con fe… y, aun así, no recibimos la respuesta que anhelamos. No siempre es un “no”. No siempre es un “sí”. A veces es simplemente silencio. La Escritura conoce bien esta experiencia. El salmista clamó: “¿Hasta cuándo, Señor? ¿Me olvidarás para siempre?” (Salmo 13:1)1 Ese silencio puede desconcertar, cansar e incluso herir. Especialmente cuando el sufrimiento no es teórico, sino real: una enfermedad que no cede, una pérdida que duele, una oración que parece no cruzar el techo, una espera que se prolonga más de lo que el corazón puede soportar.