Antes de que el mundo tuviera nombre, los espíritus caminaban sobre la piel del tiempo y soñaban la forma de las cosas. De sus pasos nacieron los ríos, las montañas, el fuego y las estrellas. Así comenzó el gran relato del Tiempo del Sueño , la memoria viva del universo, donde cada piedra guarda una voz y cada soplo de viento recuerda una historia. Los cuentos aborígenes australianos no son simples mitos: son caminos de regreso al origen. En ellos, el fuego dialoga con el mar, las estrellas bajan a la tierra para enseñar a los hombres a soñar, y los animales hablan con la sabiduría de los ancestros. Cada historia es un eco que resuena entre el cielo y la arena, un recordatorio de que todo —la luz, la sombra, el hombre y la tierra— está tejido por el mismo hilo invisible. En estas narraciones, el pasado no está atrás, sino dentro del presente: respira en el polvo rojo del desierto, canta en la lluvia, y brilla en los ojos de quienes aún saben escuchar. Son cuentos que no se leen: se recuerdan. Cuentos que no se inventan: se despiertan. Porque en el corazón del mundo sigue latiendo el sueño antiguo, y quien lo oye comprende que el universo no fue creado una vez, sino que continúa soñándose a sí mismo, cada noche, bajo el resplandor de las estrellas dormidas.