Cuando las hermanas García —Carla, Sandra, Yolanda y Sofía— y sus padres huyen de la República Dominicana buscando refugio de la persecución política, encuentran un nuevo hogar en los Estados Unidos. Pero el Nueva York de los años sesenta es marcadamente diferente de la vida privilegiada, aunque conflictiva, que han dejado atrás. Bajo la presión de asimilarse a una nueva cultura, las muchachas García se alisan el pelo, abandonan la lengua española y se encuentran con muchachos sin una chaperona. Pero por más que intentan distanciarse de su isla natal, las hermanas no logran desprender el mundo antiguo del nuevo. Lo que las hermanas han perdido para siempre —y lo que logran encontrar— se revela en esta novela magistral de una de las novelistas más celebradas de nuestros tiempos. ENGLISH DESCRIPTION "Poignant . . . Powerful . . . Beautifully captures the threshold experience of the new immigrant, where the past is not yet a memory." —The New York Times Book Review Acclaimed writer Julia Alvarez’s beloved first novel gives voice to four sisters as they grow up in two cultures. The García sisters—Carla, Sandra, Yolanda, and Sofía—and their family must flee their home in the Dominican Republic after their father’s role in an attempt to overthrow brutal dictator Rafael Trujillo is discovered. They arrive in New York City in 1960 to a life far removed from their existence in the Caribbean. In the wondrous but not always welcoming U.S.A., their parents try to hold on to their old ways as the girls try find new lives: by straightening their hair and wearing American fashions, and by forgetting their Spanish. For them, it is at once liberating and excruciating to be caught between the old world and the new. Here they tell their stories about being at home—and not at home—in America. “Sencillamente magnífica”. — Los Angeles Times “Conmovedora... poderosa... hermosamente capta la experiencia del nuevo inmigrante, donde el pasado aún no es una memoria”. — The New York Times Book Review “Tierna, encantadora... esta obra literaria viene cargada con una intensidad poética que es verdaderamente original”. — Miami Herald “Sutil... poderosa... revela las complejidades de familia, del impacto de cultura y lugar, y del poder profundo de los idiomas”. — The San Diego Tribune “Una interpretación lírica de una historia familiar —la búsqueda de identidad del inmigrante norteamericano…relatada en un lenguaje vívido y poético”. — The Philadelphia Inquirer Julia Álvarez vivió su infancia en República Dominicana hasta 1960, cuando emigró a los Estados Unidos. Luego de obtener sus títulos de pregrado y postgrado en literatura y creación literaria, enseñó poesía durante muchos años y publicó su primer libro de poemas, Homecoming , en 1984. Ha recibido becas del Fondo Nacional para las Artes y de la Fundación Ingram Merrill. De cómo las muchachas García perdieron el acento recibió el premio PEN Oakland/Josephine Miles en 1991, que se entrega a obras que presentan un punto de vista multicultural. En la actualidad, enseña literatura inglesa en Middlebury College. Antojos Yolanda las tías mayores están sentadas en los sillones blancos de mimbre, desplegando sus abanicos con un giro de muñeca y cerrándolos nuevamente de un golpe. Si no fuera porque ahora hay más vestidas con los grises y negros de la viudez, parecería que han cambiado poco desde la última vez que Yolanda estuvo en la isla, hace cinco años. Sentadas entre las tías, en las sillas del comedor que resultan mucho menos cómodas, las primas son destellos de color en enterizos azul turquesa y ajustados vestidos de jersey. El bizcocho está en una mesa aparte, donde los primitos se amontonan para discutir a quién le va a tocar cuál pedazo. Cuando el bullicio se vuelve fastidioso, sus niñeras los llaman desde los banquitos que ocupan al fondo del patio, como una falange de uniformes blancos almidonados. Antes de que alguien se voltee para saludarla en la entrada, Yolanda se ve como la verán ellos: raída, con su falda de algodón negro y su blusa de jersey, de sandalias, y con el alborotado cabello negro recogido con un cintillo. Tal como una misionera, dirán sus primas, como esas muchachas del Cuerpo de Paz que no se arreglan y más bien dedican su vida a andar por el mundo haciendo cosas supuestamente buenas. una sirvienta se asoma desde la despensa hacia el pasillo. Es una mujer flaca y morena, vestida con el uniforme negro de las sirvientas de la cocina. Su cabeza está cubierta con trenzas diminutas enrolladas en moñitos y sujetadas con pinchos. “Doña Carmen”, dice dirigiéndose a la anfitriona, una de las tías de Yolanda, “no hay fósforos. Justo salió a buscar unos a casa de doña Lucinda”. “Por Dios, Iluminada”, la regaña tía Carmen, “pero si tuviste todo el día”. La sirvienta baja la mirada hacia las manos que mantiene entrelazadas ante sí, en un gesto que Yolanda recuerda haber visto ilustrado en un libro para actores del Renacimient