Nuestra poeta comparte el arte de la palabra con la ciencia: es médica y cirujana, licenciada en filología germánica, historiadora de la medicina, ensayista, traductora y una de las más sólidas voces de la poesía portuguesa. Es así que debemos convenir que “El cuerpo, lugar de exilio” no se trata de una poesía adocenada ni cubierta de pátinas almibaradas a las que tanto estamos acostumbrados, sino de una palabra poética elevada por belleza y profunda por densidad. La idea y la forma de la idea se funden aquí en un abrazo ético y estético, regalando a la ávida mirada un rico panorama expresivo.Pese a la síntesis con la que se presentan las manifestaciones de este poemario, el sentido de los versos se abre en varias direcciones en virtud de una técnica alusiva que recurre a los tropos y a los símbolos con inusitada profusión, con pinceladas surreales, sin prescindir del plano emotivo, sea confesional o evocativo, sea que utilice la primera o segunda personas. Su posición ética es reflexiva más que crítica, lo cual es también más saludable, ya que le permite la sentencia firme e inteligente, a la que no teme ni por la que se disculpa. Así la poeta se advierte, se reconoce, se “palpa” en ese mundo interior, en ese abismo de emociones que hace transferibles a través de una alta poiesis. Es dable pensar, entonces, que todo el contenido semántico de este poemario es sustancia. Lo que por idea le sucede en este lugar de exilio existe en el mundo subjetivo, acaso único orbe real y personalísimo, a modo de reflejo. A una creadora de esta talla no le basta con la simple expresión directa, llana y periodística, necesitó crear un nuevo lenguaje, una nueva significación, necesitó retorcer la palabra, darle brillo, cargarla de sentido e intentar que los vocablos rozasen de algún modo la piel de lo real, acercándose cada vez más al íntimo núcleo del ser, de su ser, y hacerlo transferible. Notará el ocasional lector que María do Sameiro Barroso traza en su obra una simbología novedosa en medio de un entorno por momentos inquietante, por momentos evocativo y algunas veces umbrío, cargados con las emociones más profundas cuya sinceridad parece indiscutible; dijo Schelling: “belleza y verdad son la misma cosa”. Lo logra a través de poemas encadenados y sintéticos que dicen más con menos, y cuya acumulación propone una intensidad lúdica que crece a medida que se avanza en la lectura. Ordena así su cosmogonía, el orden que ha dado al muy personal modo de ver, a la razón ardiente, con las reglas que ha impuesto en ese universo, ornado con una particular capacidad de síntesis y con el destello de la forma exterior de poemas que cierran con remates precisos. Cada segmento nos dicta una certeza elemental de lo que la poeta cree y desea, donde expresa o insinúa cada concepto, despojándolo de cortezas y preámbulos, donde cada verdad está desnuda y donde cada sentencia puede ser tomada con naturalidad sin que hiera nuestros pareceres.María do Sameiro Barroso comprende que en las fricciones del camino es menos frecuente la risa que el lamento; esta desigualdad nos compele a comportamientos de gama infinita y al dramatismo necesario para la elaboración del arte que, como válvula de escape, nos libra de la intensidad de algunas pesadumbres. Celebro haber tenido la posibilidad de traer este libro ineludible a la lengua española. Ricardo Rubio