Me perseguían, ellos me perseguían. No podía dejar de mirar atrás mientras corría por aquel túnel en el que apenas había visibilidad. Tenía las piernas entumecidas, las manos llenas de heridas y de mi cabeza goteaba un hilo de sangre que procedía de una brecha. De un momento a otro me iba a desmayar y lo peor de todo es que después de tanto tiempo queriendo morir, ahora solo pensaba en salvarme y volver a verle. Quería que todo esto fuese una pesadilla, como muchas de las tantas que había tenido los últimos años, pero no lo era; esto era la cruel la realidad de mi vida, el precio que había tenido que pagar por enamorarme de la persona equivocada: Alessio Romano, el capo más temido de la mafia italiana y mi padrastro.