En el cuarto libro —¡ahora en español!— de la exitosa serie bestseller del New York Times , Escuela de espías, Ben Ripley se inscribe en una escuela de esquiar, donde las pendientes y los riesgos son muy elevados. El alumno de trece años, Ben Ripley, no es precisamente el mejor estudiante que ha pasado por la escuela de espías: no acaba de sacar adelante la asignatura de Autoprotección Avanzada. Pero fuera de la clase, Ben logra mantenerse vivo bastante bien. Sus enemigos lo han secuestrado, le han disparado, lo han encerrado en una habitación con una bomba de tiempo e, incluso, han tratado de volarlo con misiles. Y siempre ha logrado sobrevivir. Después de esos éxitos inesperados, la CIA ha decidido activar a Ben de verdad. La Misión: Hacerse amigo de Jessica Shang, la hija de un criminal chino y averiguar todos los secretos de su padre. Stuart Gibbs es el autor bestseller del New York Times de las series FunJungle, Moon Base Alpha, Charlie Thorne, Spy School y Once Upon a Tim. Ha escrito guiones, ha trabajado en un montón de películas animadas, ha desarrollado pro-gramas de televisión, ha sido columnista de periódicos y ha investigado sobre los capibaras (los roedores más grandes del mundo). Stuart vive con su familia en Los Ángeles. Para saber más sobre lo que anda haciendo estos días, visita su sitio web, StuartGibbs.com. Capítulo 1: Activación 1 ACTIVACIÓN Sala Bushnell Academia de Espionaje de la CIA Washington D.C. 6 de diciembre 11:30 horas La llamada al despacho del director se escuchó en medio de la clase de Supervivencia Avanzada. En general me habría alegrado tener una excusa para salir de SA, ya que era mi peor asignatura. Lo más que sacaba era una C, a pesar de que en la vida real había demostrado ser bastante bueno sobreviviendo. En los últimos once meses, mis enemigos me habían secuestrado, disparado, encerrado en una habitación con una bomba de relojería e incluso habían tratado de hacerme volar por los aires con misiles y, sin embargo, sobreviví a todo. Pero a mis instructores de la Academia de Espionaje de la CIA no les causaba buena impresión que siguiera vivo. Seguían empeñados en darme malas notas. —Hay una gran diferencia entre huir y ser capaz de defenderse —explicó la profesora Simon, mi instructora de SA poco antes de que me llamara el director. Georgia Simon tenía unos cincuenta años y tenía el aspecto de alguien con quien mi madre hubiera jugado a la canasta, pero era una guerrera increíble, capaz de vencer en un combate a tres maestros de karate a la vez—. Hasta ahora lo único que has hecho en el terreno es correr. —Hasta ahora me ha funcionado bastante bien —respondí. —Has tenido suerte —dijo la profesora Simon. Y entonces me atacó con una espada de samurái. Era una espada falsa, pero aun así era intimidante. (La academia había dejado de usar espadas de verdad hacía unos cuantos años, después de que un alumno perdiera un brazo en una clase). Me defendí lo mejor que pude, pero a los veinte segundos quedé tendido en el piso con la profesora Simon de pie sobre mí, espada en alto, lista para hacer de mí un pincho de carne. Fue muy penoso, ya que ocurrió delante de toda la clase. La profesora Simon impartía SA en una gran sala de conferencias. Mis compañeros de clase estaban sentados en filas a mi alrededor, viendo cómo una mujer cuatro veces mayor que yo me daba tremenda paliza. —Patético —declaró la profesora Simon—. Esto merece una D en el mejor de los casos. ¿Alguien quiere mostrarle al señor Ripley cómo se defiende un verdadero agente? Nadie se ofreció. Mis compañeros de segundo año no eran idiotas; ninguno quería ser denigrado como yo. O herido. Por suerte para ellos, en ese momento el anuncio del director llegó a través de los altavoces de la escuela, distrayendo a la profesora Simon. Existían muchas otras formas menos anticuadas de enviar mensajes urgentes a las aulas en la escuela de espías, pero el director no sabía cómo usar ninguna de ellas. De hecho, tampoco era muy ducho utilizando el sistema de megafonía. Se escucharon movimientos torpes durante unos segundos, seguidos de la voz del director murmurando: «Nunca puedo recordar con qué interruptor funciona esta cosa estúpida. Este maldito sistema me fastidia más que mis hemorroides». Entonces preguntó: —¿Hola? ¿Hola? ¿Funciona esta cosa? ¿Pueden oírme? La profesora Simon suspiró de una manera que sugería que respetaba al director aún menos que a mí. —Sí, podemos oírlo. —Muy bien —respondió el director—. ¿Está Benjamín Ripley en su clase? Necesito verlo en mi oficina inmediatamente. Un coro de uuuhs recorrió la sala: respuesta universal de los alumnos de secundaria cuando se enteran de que otro alumno está metido en un lío. La profesora Simon dirigió a la clase una mirada de advertencia y los uuuhs cesaron de inmediato. —Se lo envío enseguida —respondió. Luego me miró y dijo—: Ve. Me levanté de un salto y corrí hacia la puerta, deteniéndome solo para agarrar mi moch