La obra de Eliades Acosta y Pablo Llabre, con el atractivo título de Fugas equivocadas. Machado, Batista y Trujillo: Una historia de violencia y traición , tiene una primera virtud: la reconstrucción documental y detallada de la trayectoria conflictiva de los personajes que marcaron con los peores métodos, políticas y falta de escrúpulos el periodo al que hacemos referencia. Dicha documentación permite dar coherencia a aristas de esta historia mal contada por el desconocimiento de algunos de los aspectos de relevancia que aquí quedan expuestos. La forma en que se precisan los rasgos, características y personalidad, el modo de hacer y de pensar del dictador dominicano, su ego, es un hilo conductor para estudiar la evolución de los acontecimientos en Cuba. Machado, el dictador liberal con la empaquetadura de general del Ejército Libertador, de hombre fuerte y firme, expresión de los años de la caballerosidad represiva, ejerce un atractivo en el déspota dominicano, casi como un modelo del varón recio, digno de respeto; por el contrario, Batista es un simple sargento, de facciones aindiadas, de escaso lenguaje, que con traje o sin él, nunca da el caballero distinguido. Avaricioso, deshonesto, rastrero y, para colmo, cobarde, según la perspectiva de Trujillo, solo puede engendrar en el Generalísimo dominicano desprecio, y deseos de venganza y de humillar. En torno a la trama Machado-Trujillo-Batista se mueven resortes que tocan todos los aspectos de la vida política, social y económica de ambos países y de sus complejas relaciones. La rivalidad azucarera es un buen motivo para la disputa entre Batista y Trujillo. Pero lo que más percibo en el libro de Acosta y Llabre es cómo las mentalidades de ambos dictadores se mueven más allá de una simple pugna económica. Hombres poseídos de sí mismos, deseosos de pasearse por las páginas de la historia como lo hacen Napoleón y Julio César y, por qué no, Hitler y Mussolini, se sienten en el sitial más alto que nadie en sus países ha alcanzado. Para Trujillo ello resultó menos trabajoso. La capital de República Dominicana recibió su nombre. Batista terminó su historia, según su propia visión ególatra, como Napoleón, en una isla perdida del Atlántico; el Grande en Santa Elena, y el pequeño dictador caribeño, en las Islas Madeira pertenecientes a Portugal, pero más cercanas a la costa africana. ¿Un retorno forzado a una parte de los orígenes? El final de Trujillo fue consecuente con lo que siempre dijo. A él había que matarlo para quitarle el poder. La obra permite conocer algunos temas e individuos que con la documentación utilizada, adquieren perfiles más definidos y pueden ser mejor conocidos en sus roles históricos al tenerse la información de aquellos aspectos, en cierta medida secretos o poco conocidos, que se develan en los expedientes, archivos y colecciones estudiados por los autores y que no estuvieron al alcance de estudios anteriores por pertenecer a colecciones secretas, especialmente la de Trujillo y la de su Ministerio de Relaciones Exteriores, así como la de Batista y de sus cercanos colaboradores. Caen velos y se abren cortinas. El lector recibe la agradable sensación de asomarse a importantes ventanas que indican nuevos caminos a los estudios e investigaciones. En particular, me ha parecido muy acertada la relación entre la documentación de los archivos y el modo en que se utilizan las fuentes de propaganda en la época. Esta relación permite entender la dimensión de la difusión comprometida y las intencionalidades nada objetivas que tienen su punto de partida en las oficinas de los «Jefes».