Escribo estas fábulas porque crecí en un país donde las noticias a veces son tan absurdas que parecieran inventadas por un narrador satírico. Un país donde, si uno escuchaba con atención, podía distinguir dos voces al mismo tiempo: la del poder, que hablaba fuerte, y la del pueblo, que hablaba hondo. Desde pequeño aprendí que entre esos dos extremos vivía un territorio fértil para la metáfora: el reino donde los políticos dicen frases que merecerían quedarse en el bar, pero alcanzan un micrófono; frases que se plantan en el imaginario nacional como cardos espinados, dolorosos y difíciles de olvidar. Este libro nace de una premisa sencilla y luminosa: si la realidad se empeña en actuar como fábula, al menos que quede escrita con dignidad literaria. Busco memoria. La sátira es el espejo más honesto que tenemos en tiempos inciertos: no embellece, no suaviza, no protege. Solo refleja. Y si aquí hablo de animales es porque, a veces, ellos parecen entender más que los hombres: la tortuga que resiste, el zorro que trampea, el cuervo que observa, el perro que avisa, la paloma que sueña, la rata que sostiene la casa aun cuando nadie lo nota. Ellos encarnan nuestros miedos y nuestras fuerzas. Nos revelan sin disfraz. Nos permiten mirar de frente lo que, con nombres reales, quizá dolería demasiado. No pretendo sentar cátedra ni dictar sentencia; solo deseo contar historias que nos devuelvan una certeza: las palabras importan. En mis tiempos se honraba la palabra. Las frases de los poderosos no son aire: dejan cicatrices, moldean imaginarios, dan permiso para hacer o dejar de hacer. Recordarlas, analizarlas, volverlas fábula, es mi manera de impedir que queden impunes. Si al cerrar este libro el lector descubre que se ha reído, se ha enfadado y ha reconocido algo de sí mismo —o del país— en estas páginas, entonces la misión está cumplida. Porque la literatura no cambia gobiernos, pero sí despierta conciencias. Y a veces eso basta para empezar. —El autor