En pleno siglo XIX Guillermo Prieto les otorga a los poetas de la Academia de Letrán la tarea de mexicanizar la literatura que entonces comenzaba a apropiarse del paisaje (a Manuel Carpio se le atribuye esta visión y fue rescatado del anonimato por José Emilio Pacheco) y su exuberancia como una forma de asirse a algo propio. Para José Zorrilla esta academia fue el comienzo de una auténtica literatura mexicana. La imitación a los neoclásicos fue rebasada gradualmente por el ejercicio consciente. Son los primeros poetas mexicanos que ponen en tela de juicio la calidad de sus textos, se arriesgan y se someten a la crítica y a la autocrítica. Este volumen lo consigna como recordatorio de que todo lo que se escribe en la actualidad en México tiene una historia que le precede.