Cuando cruzaba la frontera de México con Estados Unidos un muchacho se detiene por ICE en esta novela actual e impávida escrita por la autora galardonada Alexandra Díaz. La cama cruje bajo el peso del cuerpo tembloroso de Santiago. Dicen que la vida de una persona pasa por su mente antes de morir. Pero esto no es toda su vida. Son solo los acontecimientos que lo llevaron a esta situación. Los más importantes y los que Santiago quisiera olvidar. Las monedas en la mano de Santiago son para el boleto del autobús para regresar a la casa de su abuela abusiva. Pero él rehusa regresar. No lo van a extrañar. Su futuro es incierto hasta que se encuentra con María Dolores, cariñosa y maternal y su joven hija, Alegría. Este encuentro ayuda a Santiago a decidir lo que va a hacer. Va a acompañarlas hasta el otro lado, hasta los Estados Unidos de América. Emprenden el viaje con muy pocas cosas, solo mochilas con agua y un poquito de comida. Viajar juntos requiere que confíen unos en los otros y Santiago está acostumbrado a ir solo. Ninguno de los tres viajeros se da cuenta de que la travesía a través de México hasta la frontera es solamente el comienzo de su historia. Alexandra Diaz es la autora de El único destino que recibió los premios de Pura Belpré Honor y Amércas Award for Children’s and Young Adult Literature y varios otros más. La secuencia de ese libro, La encrucijada que fué clasificada como “inspiradora y realista” por Booklist. Alexandra es hija de refugiados cubanos y vive en Santa Fé, Nuevo México. Ella tiene una maestría como escritora para adolescentes de la Universidad de Bath Spa en Inglaterra. El español es su lengua materna. Alexandra enseña a adultos y a adolescentes como escribir creativamente. Para más información pueden ir a Alexandra-Diaz.com. Capítulo 1 CAPÍTULO 1 Estado de Chihuahua, México Santiago observó a su tío Ysidro caminar delante de él y de los tres niños pequeños como si fueran piedras en el jardín. Los pequeños ni levantaron la vista de las bolas de fango con las cuales jugaban con la llegada de su papá. Mejor así pues no vieron en el rostro de su papá la expresión de una tormenta a punto de estallar. De un salto Santiago se puso de pie cuando la puerta de entrada se cerró de un portazo detrás de su tío, listo para llevar a los niños a un lugar seguro antes de que la tormenta estallara. Pero no fue lo suficientemente rápido. —¿Qué quieres decir con que te corrieron? —A través de la puerta cerrada se podía escuchar claramente la voz de la tía Roberta. —¿Les he contado el cuento del zanate que canta? —Santiago susurró mientras señalaba a un poste. Le silbó al pájaro trepado encima de la madera podrida, listo para inventar un cuento. Pero los niños, Jesús, Apolo y Artemisa, a quienes normalmente les gustaba escuchar los cuentos de Santiago, estaban demasiado envueltos en los proyectos que hacían con las bolas de fango para prestarle atención a ninguna otra cosa. Ni siquiera a los gritos que venían de la casa. Pero las bolas de fango no impedían que Santiago escuchara todo lo que estaba pasando. —¡Quiero decir que insultaste a la esposa del patrón y a mí me corrieron! —gritó el tío Ysidro. —¿Cuándo es que he conocido a la esposa del patrón? La viejita de al lado abrió su ventana un poco más. Como no tenía televisor, su principal entretenimiento consistía en escuchar a escondidas lo que pasaba en toda la calle. Santiago hubiera dado cualquier cosa por tener un televisor que lo entretuviera. —Aparentemente la conociste esta mañana cuando estaba parada delante de ti mientras esperaban por el autobús. —¿Patas flacas? —comentó la tía Roberta—. ¿Esa era ella? —¡Patas flacas! —Artemisa chilló como si decirle a alguien patas flacas fuera el insulto más gracioso del mundo. Probablemente lo era para una niña de dos años y medio. —¿Eso fue lo que le dijiste? —exclamó el tío Ysidro. —¡Ella se coló delante de mí! El tío Ysidro lanzó un llanto de maldiciones. Santiago le restó importancia chapoteando con sus manos en el fango para que los niños lo imitaran y no escucharan. Aún así, los gritos siguientes del tío Ysidro se pudieron escuchar claramente. —¿Cómo se te ocurrió decirle eso a ella? El ruido de una cazuela chocando contra el suelo se escuchó de la cocina. Esta vez, Jesús y Artemisa levantaron la vista del fango. —Ay, magnífico. Esa era nuestra única comida. —Las acusaciones de la tía Roberta se escucharon tan claramente que la viejita de al lado debía de estar contentísima con la recepción excelente que estaba teniendo—. A menos que recojas el arroz del suelo, no tenemos nada más que comer esta noche y vamos a pasar hambre. —¿Cómo que no tenemos nada más que comer? Yo te di dinero para hacer compras hace dos días. —Sí, pero malamente me diste suficiente dinero para una sola comida. —Bueno, búscate tú un trabajo y vamos a ver cuánto ganas después de trabajar doce o quince horas diarias. —La puerta se abrió bruscamente y se cerró de un po