Las caras de la suerte / A Handbook to Luck (Spanish Edition)

$13.94
by Cristina García

Shop Now
A fines de los años sesenta, tres adolescentes de varios rincones del planeta tratan de encontrar su lugar en el mundo: el cubano Enrique Florit, que vive en el sur de California con su padre, un mago extravagante; Marta Claros, que se las arregla para subsistir en un tugurio de San Salvador; Leila Rezvani, hija de una acomodada familia de un cirujano en Teherán. Los seguimos de cerca mientras sobreviven guerras, desilusiones y amores, a medida que sus vidas y sus caminos se entrecruzan. Con un reparto de personajes vivamente retratados, una forma agraciada de moverse por el tiempo y aquellos cambios psicológicos que se suscitan entre la niñez y la madurez, Las caras de la suerte es una novela hermosa, melancólica y profundamente emotiva escrita por la estimada narradora de historias, Cristina García. “Elegante… Estupenda… Provocadora”. — USA Today “La poesía es parte esencial en el estilo de Las caras de la suerte , que fluye con un ritmo interior en el desarrollo de la vida de cada personaje”. —Olga Connor, El Nuevo Herald “Afinada a la perfección”. — Chicago Tribune “Con un oído especial para el lenguaje y su cadencia, Cristina García escribe con humor, ternura y un sentido intuitivo de cómo la gente común y corriente se sobrepone a los reveses de la fortuna”. — New York Daily News Cristina García nació en La Habana y se crió en la ciudad de Nueva York. Es la autora de Soñar en cubano , obra finalista para el National Book Award; Las hermanas Agüero ; y El cazador de monos . Sus libros han sido traducidos a una docena de idiomas. Cristina García ha recibido la distinción de ser un Guggenheim Fellow, un Hodder Fellow en la Universidad de Princeton y es la ganadora de un Whiting Writers’ Award. Vive en Napa Valley, California, con su hija y su esposo. Enrique Florit Enrique Florit subió las escaleras a la azotea del edificio de apartamentos donde vivía, desde donde se podían ver las copas de las jacarandas en la calle. Había llovido esa tarde y unos charcos oscurecían el cemento y el cartón alquitranado que se despegaba del techo. Cuando Enrique abrió las puertas de tela de alambre de las jaulas, las palomas revolotearon y se le posaron en los hombros y en los brazos extendidos. Hacía cinco meses, él y su padre habían comprado las palomas y les habían teñido las plumas de un arco iris de colores pastel. Ahora Enrique les servía las semillas diarias, les refrescaba el agua, escuchaba los murmullos graves y melancólicos de sus gargantas. Las palomas debutaron en el acto de su padre en la Nochevieja. Él daba presentaciones cada quince días en un bar de Marina del Rey y necesitaba las palomas para hacerle la competencia al loro montado en monociclo del mago que era la atracción principal. Papi intentó robarle la escena al loro al hacer que sus palomas se montaran en una motocicleta de pilas sobre una cuerda floja diminuta. Enrique asistió a la función de Nochevieja. Las palomas actuaron impredeciblemente, a veces montándose en el momento indicado, a veces zureando indiferentes desde la orilla del sombrero de copa de su padre. Un par de ellas incluso salió volando del cuarto. Sin embargo, cada vez que Papi entraba con aire resuelto al escenario, vestido de esmoquin y con su capa de terciopelo color ciruela, a Enrique le daba un pequeño vuelco el corazón. Escuchó a una mujer con un peinado de salón decirle a sus acompañantes de mesa: ¡Uuuuuuy, es igualito a ese Ricky Ricardo! En California, nadie sabía gran cosa acerca de Cuba, a excepción de Ricky Ricardo, los secuestros a La Habana y, por supuesto, el Comandante mismo. Armado de paciencia, Enrique logró que las palomas regresaran a su jaula, de una por una. El atardecer enrojeció el polvo flotante. Un avión de hélices despegó del aeropuerto al sur. Dio tumbos en lo alto sobre el mar antes de volver a tierra. Durante sus primeros meses en Los Ángeles, Papi había guardado una maleta lista en caso de que necesitaran regresar a Cuba a toda prisa. Escuchaba las estaciones de radio en español y tocaba boleros todas las noches antes de dormir. Leía El Diario en busca de noticias acerca de la caída del Comandante y mantenía su reloj adelantado tres horas, a la hora de La Habana. Después de un rato se acostumbraron a aguardar. Su apartamento sobre la calle diecisiete daba a un callejón en el que se imponía una bugambilia rebelde. Vivían a una escasa milla de la playa, y el aire marino enmohecía las paredes y los pisos de linóleo. A Enrique le gustaba ir en patineta al muelle de Santa Mónica y mirar la rueda de la fortuna y a los mexicanos con sus cañas de pescar y sus cubetas vacías, llenas de esperanza. Papi dormía en el único dormitorio y Enrique se acurrucaba en el sofá de la sala por las noches. El rosario de coral de Mamá colgaba de un clavo encima del televisor, junto a un cartel del circo de Varadero. En el cartel, un elefante con un tocado incrustado de piedras preciosas se paraba en ancas mirando con recelo al maestro de ceremonias. Un t

Customer Reviews

No ratings. Be the first to rate

 customer ratings


How are ratings calculated?
To calculate the overall star rating and percentage breakdown by star, we don’t use a simple average. Instead, our system considers things like how recent a review is and if the reviewer bought the item on Amazon. It also analyzes reviews to verify trustworthiness.

Review This Product

Share your thoughts with other customers