En muy breves palabras, lo que busca este libro es acercar al lector a la facultad de «observar». Se dice que nadie puede enseñarnos a observar, pero aquí se intentará desmentir dicha afirmación a partir del desglose de las ideas de estética y belleza. La intención es poner —o mejor dicho, dislocar— al lector de la forma en que se percibe a sí mismo como resultado de su educación visual, la cual crea parámetros mentales que imponen barreras en las concepciones de su auto-percepción en el universo. Existen parámetros que permanecen imperceptibles y, al no saberlos observar, no los podemos nombrar; por lo tanto, tampoco podemos manipularlos porque no existen para nosotros. La palabra es el símbolo y su conceptualización de ideas limita al universo a las formas que estos símbolos marginan (bien se trate de un sonido o la concepción del mismo cosmos). Estamos en la construcción de una torre —la cultura— pero entre constructores no hablamos el mismo lenguaje. Lo que dificulta o destruye esta obra en la que todos nos vemos implicados y sólo se vuelve una complicación más para que la humanidad alcance el cielo.