Mujer de Fe con dolores de parto Como el labrador no abre la tierra para ver si la semilla está germinando, sino que debe esperar a que la planta crezca para cosechar sus frutos, así en ese plano racional de la fe, Isaida de la Rosa no abrió su matriz espiritual antes de tiempo, y esperó, sufriendo todos los síntomas del embarazo, hasta el tiempo del cumplimiento de las promesas de Dios para su vida. Isaida puede decir como el salmista: “Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios. Verán esto mucho, y temerán, y confiarán en Jehová,” (Salmo 40:1-3). Sí, lo verán, porque su testimonio tiene la contundencia de los hechos que ella los describe, los dibuja y los exhibe. Al leer el testimonio de la doctora Isaida de la Rosa, es fácil imaginar que ella experimentó en cada letra lo que dice el Salmo 42: “Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche, mientras me decían todos los días: ¡¿Dónde está tu Dios?!”… Como respuesta, la ciencia, con la racionalidad que encierra la fe, demuestra que Dios existe, para el que puede creer. En consecuencia, este libro es para aquellos que creen, para que se gocen en las maravillas que Dios hace con sus hijos; pero también es para aquellos que no creen, porque, al buscar refutar su testimonio, tal vez cambien de criterio respecto del Dios todopoderoso y Todo misericordioso que obra milagros en quien le pide, conforme a su voluntad.