Nunca sabré (Spanish Edition)

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by Keila Ochoa Harris

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En Tlalpujahua, un pequeño pueblo mexicano del estado de Michoacán, la industria gira alrededor de las esferas de vidrio –su especialidad. La tienda donde Ángela trabaja, como muchas otras, semeja un pequeño nido de fantasía, cubierta de pared a pared con un sin fin de detalles que evocan desde Papá Noel hasta los magos de oriente. Nacimientos, coronas, guirnaldas y esferas, muchas esferas, cientos de esferas. Grandes y pequeñas, opacas y brillantes, redondas y cuadradas. ¿Qué pensarán los clientes si adivinan que la encargada de esa pequeña tienda de artesanía detesta la Navidad? ¿Y qué de don Rubén, el dueño de esa tienda y fábrica de esferas que tampoco aprecia las festividades? A estos dos la Navidad se les figura un invento mercantil para despojar a la gente de su dinero y su aguinaldo. Un pretexto más para comer y beber. Una ocasión para que los pobres sean más pobres, y los ricos más ricos. Pero quizá en esta ocasión todo cambie debido al regreso de Clara, la hija de Ángela, quien llega con una noticia devastadora. Y la presencia de Adrián, el hijo de don Rubén, quien decide acompañar a su padre para sus primeras sesiones de quimioterapia. Por su parte, Clara y Adrián han vuelto al pueblo donde crecieron; el lugar donde deben enfrentar el pasado, aceptar su presente y construir su futuro; el lugar donde parece Navidad todo el año. ¿Pero será para ellos una "feliz" Navidad? NUNCA SABRÉ By Keila Ochoa Harris Grupo Nelson Copyright © 2012 Keila Ochoa Harris All right reserved. ISBN: 978-1-60255-707-9 Chapter One Navidad, Navidad, hoy es Navidad, Es un día de alegría y felicidad. —Villancico popular, «Campanas por doquier» Ángela observó al niño de unos ocho años entrar a la tienda. Lo contempló de soslayo, detrás del mostrador. Le gustaba analizar a la clientela, pues eso le indicaba los aciertos y desaciertos de la decoración. El pequeño abrió la boca con sorpresa, sus ojos se desorbitaron, sus manitas se extendieron directo a una caja de esferas. Su madre le soltó un manotazo. —¡No toques eso! Si las rompes, nos las cobrarán. Ángela se mantuvo serena. Percibió que la madre del niño concentraba su atención en las esferas en forma de frutas. Sujetó en su mano unas manzanas verdes, luego se dedicó a rozar los duraznos. Terminó con los plátanos, pero enchuecó la boca. Ángela tomó nota. Le diría a Emiliano que las formara con más cuidado. Reconoció que no lucían naturales. El niño señaló unas esferas colgando del techo. Le llamaban la atención los colores brillantes: rojos y azules, verdes y dorados. La madre las ignoró y se dirigió sin desviarse hacia las nochebuenas creadas con el cristal que componía las esferas. Preguntó el precio. Ángela se lo dijo. La madre sonrió. Se llevaría dos. Que se las empacaran con cuidado. Ángela le pidió a Jimena, la chica que le ayudaba, que preparara el paquete. Mientras, volvió sus ojos al pequeño. Sus manitas, ocultas de la madre, acariciaban una esfera grande, del tamaño de un melón. Decorada con un nacimiento sobre un fondo azul, pendía de un gancho metálico. La madre lo descubrió y lo volvió a reprender. Que no tocara nada o se meterían en problemas. Finalmente, la madre examinó los tres árboles de Navidad que Ángela había decorado para ese año. Cada temporada los cambiaba. No le impresionaron mucho las esferas de colores con carita feliz del más pequeño; le gustó más el árbol blanco con moños azules, pero se detuvo y sacó dos fotos del grande, el que Ángela había decorado con mariposas de cristal. También era su favorito. Ángela cobró las dos nochebuenas y le pasó a la clienta las cajas de cartón donde las habían envuelto. La mujer pagó y jaló al niño fuera de la puerta. El pequeño se quedó con ganas de husmear. Ángela no lo culpó. En Tlalpujahua parecía Navidad todo el año. Ese pueblito al noroeste del estado de Michoacán se distinguía por su altura, más de dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar. Rodeado de bosques de coníferas, oyamel y junípero, además de encino y cedro, ofrecía un clima templado con lluvias en verano, oscilando entre los seis y los veintidós grados centígrados. Y quizá su ambiente frío lo volvía el lugar perfecto para pensar en Navidad, además que en Tlalpujahua, la industria giraba alrededor de las esferas de vidrio, su especialidad. La tienda donde Ángela trabajaba, como muchas otras, semejaba un pequeño nido de fantasía, cubierta de pared a pared con un sinfín de detalles que evocaban desde Papá Noel hasta los magos de Oriente. Nacimientos, coronas, guirnaldas y esferas, muchas esferas, cientos de esferas. Grandes y pequeñas, opacas y brillantes, redondas y cuadradas. ¿Qué pensarían los clientes si adivinaran que la encargada de esa pequeña tienda de artesanía detestaba la Navidad? Quizá no la odiaba, sino más bien la resentía. No tenía nada contra los protagonistas navideños, de hecho, los veneraba, pero un recuerdo del pasado no dejaba de atormentarla al punto que no encontraba el entusias

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