Mi pasión por la Filosofía siempre me trasmitió el interés por conocer otros mundos muy diferentes al mío. De alguna manera, tenía la certeza de que el encuentro con alguien de otra cultura tendría el poder de transformar mis valores occidentales en otros más solidarios con la humanidad. Y precisamente creí tener esa oportunidad cuando me casé por el rito del hinduismo y me fui a vivir a la India. En un pequeño pueblo de Rajastán estuve inmersa en otra cultura con una subjetividad completamente distinta. No obstante, hubo un hecho que llamó enormemente mi atención desde el primer día. En el silencio de las noches, escuchaba el aullido desgarrador de decenas de perros abandonados que transitaban los caminos, y recorrían con sus lamentos aquellos lugares tan lejanos de la civilización, como queriendo denunciar algo terrible. Esos aullidos desgarradores me hicieron adentrarme en la realidad trágica de la India. Y aunque al principio viví el encuentro con la otra cultura como una frustración casi insalvable, más tarde, conforme iba adentrándome en su mundo cotidiano, me encontré frente a frente con las víctimas reales. En ese acontecimiento prodigioso, intuí que solo el encuentro con la víctima puede transmutarnos en otros seres humanos, y es así como podemos cambiar radicalmente nuestra forma de percibir el inabarcable cosmos, y transformar el mundo.