Escribir sobre Venezuela es, inevitablemente, escribir sobre heridas abiertas. Hablar de su presente es recorrer cicatrices que atraviesan la piel, la memoria y el espíritu de millones de hombres y mujeres que alguna vez creímos que nuestro país era una tierra destinada a la abundancia. Para quienes hemos vivido de cerca la caída de un proyecto nacional que prometió justicia, igualdad y dignidad, y que en cambio nos dejó ruina, exilio y desconfianza, cada palabra que intentamos poner en papel se convierte en un acto de memoria, pero también en una declaración de resistencia. Yo he sido testigo, desde mis propios pasos, de cómo la esperanza se transformó en angustia, de cómo las ciudades se apagaron en medio de cortes eléctricos interminables y de cómo la vida cotidiana se redujo a la lucha por conseguir agua, gas, comida o medicinas. Vi a mis vecinos guardar silencio cuando antes discutían con entusiasmo sobre política o cultura, porque hablar se convirtió en un riesgo. Vi a familias enteras vender lo poco que tenían para pagar un pasaje hacia la frontera y marchar con maletas desgastadas, sabiendo que tal vez no volverían. Vi a padres quedarse atrás porque no podían costear el viaje junto a sus hijos. Y también vi a jóvenes caminar kilómetros bajo el sol ardiente con la mirada fija en un horizonte incierto. Cada historia personal se entrelaza con la historia colectiva. La diáspora no es una estadística, son rostros que aún tengo grabados: la amiga que ahora cuida ancianos en Madrid, el primo que conduce un taxi en Lima, la vecina que vende empanadas en Bogotá. Todos ellos son parte de una nación extendida, una Venezuela dispersa que sigue respirando en miles de rincones del mundo. Pero al mismo tiempo, esa dispersión es una herida, porque cada salida deja un vacío, un asiento vacío en la mesa familiar, un silencio en las reuniones del barrio, una voz menos en la lucha por reconstruir lo nuestro. Vivir en carne propia la Venezuela del chavismo significa haber experimentado el derrumbe de los pilares básicos que sostienen cualquier sociedad. Significa despertar un día y descubrir que la escuela de tu hijo no tiene maestros porque emigraron. Significa entrar a un hospital y que te pidan que lleves guantes, alcohol, gasas y hasta la luz de un teléfono celular para que un cirujano pueda operar. Significa saber que una enfermedad tratable puede convertirse en una sentencia de muerte porque el sistema sanitario fue reducido a ruinas. Pero lo más doloroso no ha sido la ruina material, sino la ruina moral. El chavismo no solo destruyó instituciones, destruyó la confianza entre las personas. Nos enseñó a desconfiar del vecino, del compañero de trabajo, del funcionario que debería servirnos. Nos acostumbró a que un derecho se convirtió en un favor, y un favor en un chantaje. Vi a gente aplaudir a un dirigente no porque creyera en él, sino porque de ese aplauso dependía la bolsa de comida para su familia. Vi a jóvenes repetir consignas en actos oficiales porque sabían que, si no lo hacían, pagarían caro la osadía. Y vi a muchos callar por miedo, porque el silencio se volvió un mecanismo de supervivencia. Aun así, entre las ruinas se abren grietas de esperanza. Porque también he visto solidaridad, resistencia silenciosa y pequeños gestos que demuestran que Venezuela sigue latiendo. He visto a vecinos organizar ollas comunitarias para alimentar a los niños, a médicos atender gratis a pacientes en casas improvisadas, a maestros dar clases bajo los árboles porque las aulas se derrumbaron. He visto a jóvenes crear proyectos en línea para denunciar la corrupción y a artistas transformar su dolor en música, teatro y poesía. En esos destellos, casi invisibles para quienes solo miran las estadísticas, se esconde la fuerza de un país que aún no se rinde. Del prólogo, escrito por la autora Yamilet Blanco