Robopocalipsis / Robopocalypse (Spanish Edition)

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by Daniel Wilson

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Están en tu casa. Están en tu coche. Están en el cielo. Y ahora vienen a por ti.   En un futuro cercano, una unidad de inteligencia artificial llamada Archos se activa sola y mata al hombre que la creó. Con este primer acto de traición, Archos inicia el siniestro proceso que la llevará a controlar la red de máquinas y la sofisticada tecnología que regula nuestro mundo. Unos meses más tarde, todos los dispositivos mecánicos se sublevan, haciendo estallar la Guerra de los Robots, una sangrienta ofensiva que diezma a la población humana y que, por primera vez en la historia, hace que hombres y mujeres de orígenes y creencias dispares se unan sin reservas. Durante cinco años librarán una lucha épica, impulsados por una única y férrea motivación: la supervivencia de su especie.             Poblada por protagonistas inolvidables, Robopocalipsis es una electrizante y entretenida novela futurista sobre el lado oscuro de la evolución tecnológica.   “Profundamente inquietante… Wilson mantiene un excelente ritmo, creando una apasiónate historia sobre los peligros tecnológicos en nuestras vidas”. — Los Angeles Times “Diversión absolutamente adictiva”. —Stephen King, Entertainment Weekly “Una ingeniosa y gráfica historia sobre la guerra entre humanos y robots”. — The New York Times “Profundamente inquietante… Wilson mantiene un excelente ritmo, creando una apasiónate historia sobre los peligros tecnológicos en nuestras vidas”. — Los Angeles Times Daniel H. Wilson se doctoró en robótica en la Universidad de Carnegie Mellon. Ha publicado varios libros de no ficción en torno a la temática de los robots. Vive en Portland, Oregón, con su esposa y su hija. Informe Preliminar   Somos una especie superior por haber libra- do esta guerra. ‑Cormac «Chico Listo» Wallace   Veinte minutos después del final de la guerra, observo cómo unos amputadores salen de un agujero helado en el suelo como hormigas del infierno, y rezo para conservar mis piernas naturales un día más.   Cada robot, del tamaño aproximado de una nuez, se pierde en la confusión mientras trepan unos encima de otros, y el batiburrillo de patas y antenas se funde en una masa furiosa y sanguinaria.   Con los dedos entumecidos me coloco torpemente las gafas protectoras y me preparo para tratar con mi amigo Rob.   Es una mañana extrañamente silenciosa. Solo se oye el silbido del viento entre las ramas de los árboles desnudos y el ronco susurro de cien mil hexápodos mecánicos explosivos en busca de víctimas humanas. Desde el cielo, los ánsares nivales graznan mientras planean sobre el gélido paisaje de Alaska.   La guerra ha terminado. Es el momento de ver lo que podemos encontrar.   Desde donde estoy, a diez metros del agujero, las máquinas asesinas casi parecen bonitas al alba, como caramelos esparcidos sobre la capa de hielo permanente.   Entorno los ojos para protegerme del sol, mientras expulso el aliento en débiles vaharadas, y me echo al hombro el viejo y maltrecho lanzallamas. Con el pulgar enguantado, aprieto el botón de encendido.   Chispa.   El lanzallamas no se enciende.   Tiene que calentarse, por decirlo de alguna forma. Pero se están acercando. No hay problema. He hecho esto docenas de veces. El secreto está en mantener la calma y ser metódico, como ellos. Los robots deben de haberme contagiado durante los dos últimos años.   Chispa.   Ahora puedo ver a los amputadores individualmente. Una maraña de patas con púas unidas a un caparazón bifurcado. Sé por experiencia propia que cada lado del caparazón contiene un líquido distinto. El calor de la piel humana actúa como detonador. Los líquidos se mezclan. ¡Pum! Alguien consigue un flamante muñón.   Chispa.   Ellos desconocen que estoy aquí, pero los exploradores se están dispersando siguiendo pautas semialeatorias basadas en el estudio de las hormigas al buscar comida llevado a cabo por el Gran Rob. Los robots han aprendido mucho de nosotros y de la naturaleza.   Ya falta poco.   Chispa.   Empiezo a retroceder despacio.   —Vamos, cabrón —murmuro.   Chispa. Hablar ha sido un error. El calor de mi respiración es como una señal luminosa. La horrible avalancha avanza en tropel hacia mí, silenciosa y veloz.   Chispa.   Un amputador jefe trepa a mi bota. Ahora tengo que andar- me con cuidado. No puedo reaccionar. Si estalla, en el mejor de los casos me quedo sin pie.   No debería haber venido solo.   Chispa.   Ahora la avalancha está a mis pies. Noto un tirón en la espinillera cubierta de escarcha mientras el amputador jefe trepa por mi cuerpo como si fuera una montaña. Las antenas metálicas avanzan dando golpecitos, buscando el calor revelador de la piel humana.   Chispa.   Joder. Vamos, vamos, vamos.   Chispa.   La criatura va a percibir una diferencia de calor al nivel de mi cintura, donde la armadura está agrietada. Si el amputador se activa en mi equipo de protección corporal a la altura del torso, no me mandará a la tumba, p

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