No, Jesucristo no era un hombre común, era Dios hecho hombre, el sonido de sus humildes sandalias caminando bajo el sol desgarrador del desierto partió la historia de la humanidad en dos. El poder de su Palabra hizo temblar y huir a la misma muerte y por su sangre recibieron vida miles de todas las generaciones. No, mi Jesús no era un humilde carpintero y nada más, detrás de esa madera con la que se vistió, brillaba el oro cristalino de la joya más preciosa del universo. El juicio, el poder y la gloria son suyos por toda la eternidad. Amén.