Ellos celebraron su amor con unbaile. Pero, ¿terminará en divorcio? John yAbby Reynolds eran la pareja perfecta, compartiendo el amor nacido de lainfancia, la amistad y los profundos lazos familiares. Son envidiados por sus amigos,mimados por sus hijos, admirados por sus compañeros. Pero John y Abby están a punto de perderlo todo. Ambos son extraños cuyos días de gozo parecen haberseesfumado para siempre. Así que reúnen a sus tres hijos paraanunciarles sus planes, pero antes de que puedan hablar, su hija anuncia lossuyos: se va a casar en el verano. Abby y John deciden no arruinar lafelicidad de su hija pero, a medida que se acerca la boda, las dudas los acosan.¿Es la decisión que han tomadoirreversible? ¿Hay acaso momentos en los matrimonios ―aun entre cristianos―,que son irreparables? Descubrala resistencia del amor sin límites, el poder del compromiso y la asombrosafidelidad de Dios en Tiempo de bailar. Karen Kingsbury es autora de mas de treinta títulos, incluyendo algunos EXITOS de venta, uno de los cuales se uso para la película de la semana de CBS. Es una de las atoras favoritas de novelas inspiradoras.Se han impreso mas de dos millones de ejemplares de sus libros. Kingsbury reside en el estado de Washington con Don, su esposo, y sus seis hijos, tres de los cuales los adotatron en Haití. Tiempo de bailar SERIE AMOR ETERNO By Karen Kingsbury Thomas Nelson Copyright © 2011 Grupo Nelson All right reserved. ISBN: 978-1-60255-448-1 Chapter One Era indudablemente el momento que Abby Reynolds había esperado toda la vida. Bajo las luces de la noche de viernes en el estadio universitario más grande del estado de Illinois, el esposo de Abby estaba a punto de ganar su segundo campeonato colegial de fútbol americano. Además, se disponía a lograrlo en gran parte gracias a los talentos de su hijo mayor, mariscal de campo del equipo y que cursaba el último año de colegio. Abby se ajustó al cuerpo la chaqueta azul y gris de las Águilas de Marion y deseó haberse puesto una bufanda más gruesa. Después de todo, eran los primeros días de diciembre y, aunque no había caído nieve durante más de una semana, el aire frío era cortante. «Clima de fútbol», decía siempre John. Helado y seco, directamente del cielo. Ella miró más allá de las luces hacia el cielo estrellado. Hasta Dios te está alentando esta noche, John. La mirada de Abby revisó el campo de juego hasta divisar a su esposo en la línea de banda, auriculares orientados con gran cuidado, cuerpo flexionado al frente y manos en las rodillas mientras esperaba el desarrollo de la jugada. La mujer podía recordar un millón de tardes en que los ojos de John relucían de júbilo, pero aquí y ahora estaban fijos y concentrados; el rostro del entrenador era la imagen de la concentración, inundado con la intensidad del momento mientras lanzaba órdenes en una docena de direcciones. Aun desde el relevante lugar en los abarrotados graderíos en que Abby se hallaba podía sentir la energía que emanaba de su esposo en los minutos finales de ese partido de fútbol, el más preciado para él. No había ninguna duda de que dirigir era su don. Y este era su mejor momento. Ojalá todo lo demás no hubiera resultado tan ... —Vamos, Águilas. ¡Sí se puede! —gritó Nicole, la hija de Abby, aplaudiendo y apretando los dientes, estrujando con fuerza la mano de su novio Matt, y enfocando cada pizca de energía en su hermano menor. Las lágrimas brotaban de los ojos de Abby, por lo que parpadeó tratando de controlarlas. Ojalá pudiera congelar el tiempo, aquí y ahora ... —Puedo sentirlo, papá —manifestó la señora Reynolds volteándose hacia su padre y apretándole la rodilla—. Van a ganar. Su padre, un anciano que apenas se parecía al papá con quien ella se criara, levantó parcialmente el puño dentro de la helada noche. —¡Puedes lograrlo, Kade! —exclamó, volviendo a colocar débilmente la mano entre las rodillas. Abby palmeó el brazo flácido de su padre y luego ahuecó las manos alrededor de la boca. —Anota, Kade. ¡Vamos! —gritó mientras empuñaba los dedos golpeándose las rodillas con rapidez y firmeza. Por favor, Señor, haz que lo logre. Después de esta noche era muy probable que hubiera pocos momentos de fulgor para algunos de ellos. —En cierto modo, detesto ver el final —opinó el padre de Abby sonriéndole y con ojos humedecidos por las lágrimas—. Todos esos años de fútbol en conjunto. El muchacho es fabuloso. Juega igual que su padre. —El chico siempre fue así —contestó Abby enfocando la mirada en su hijo y levantando las comisuras de los labios. —¿No es extraño, mamá? —inquirió Nicole apoyando la cabeza sobre el hombro de Abby. —¿Qué, cariño? —preguntó agarrando la mano libre de su hija y resistiendo la urgencia de cerrar los ojos; se sentía muy bien estando ahí, en la emoción del momento, rodeada por la familia ... —Este es el último partido de Kade en el colegio —contestó Nicole con voz grave, llena de indignación, como si acabara de darse cuen