Tierra de todos: Nuestro momento para crear una nación de iguales / A Country for All: An Immigrant Manifesto (Spanish Edition)

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by Jorge Ramos

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Estados Unidos es un país que hoy tiene habitantes de primera y de segunda clase. Esto tiene que cambiar, y pronto. Hay 12 millones de indocumentados, pero también hay una esperanza: la promesa que Barack Obama le hizo a Jorge Ramos de que durante su primer año como presidente apoyaría una reforma migratoria. Tierra de todos es un libro urgente y necesario, que pretende ayudar a que se realice esta reforma. Este es un libro que da voz a los que no la tienen. Un libro que todo inmigrante debe tener y, sobre todo, este es un libro que todos los que critican a los inmigrantes deben leer, para que entiendan que Estados Unidos es un mejor país gracias a todas las personas que vinieron de otros países. Jorge Ramos es periodista y escritor de otros 9 libros. Nacido en la Ciudad de México, lleva más de 25 años viviendo en Estados Unidos. Es copresentador del Noticiero Univision ,  tiene un programa de entrevistas, Al Punto , todos los domingos, escribe una columna semanal distribuida por los diarios más importantes del país y colabora diariamente con su análisis en Radio Univision. Actualmente vive en Miami. Uno   LOS INVISIBLES   Nadie los ve. Pero están ahí.   A veces pasan frente a nosotros y los atravesamos con nuestra mirada como si fueran transparentes.   Nuestra vida sería muy distinta sin ellos. Pero no todos en Estados Unidos reconocen su importancia.   Son los indocumentados. Son los invisibles.   Prefieren no ser vistos ni contados por las autoridades ni por funcionarios del censo; no siempre es fácil distinguir entre un burócrata y un agente de inmigración.   No se acercan a la policía. La evaden aunque necesiten su protección. Mientras menos los vean mejor; menos probabilidades hay de tener problemas con la ley.   Viven en la oscuridad porque la luz delata su presencia, y ser vistos implica el riesgo de ser arrestados y expulsados del país.   Viven en silencio. No suelen quejarse, aunque tengan la razón, porque hacerlo pudiera implicar una denuncia y la deportación.   Podemos cruzarnos con ellos en la calle y suelen bajar la mirada. No ser es su forma de ser. No tener una identidad es su identidad.   Y, sin embargo, Estados Unidos no funcionaría igual sin su presencia. Ellos realizan las labores más difíciles, las peor pagadas y las menos deseables. Limpian lo que nadie quiere limpiar, cosechan nuestros alimentos, cocinan nuestra comida, construyen nuestras casas.   Casi no se ven en los hoteles y restaurantes, pero ahí están. Son como fantasmas. Caminan sin hacer ruido, no establecen contacto visual y sólo contestan cuando no tienen más remedio. No hacerse notar es la consigna.   Los encontramos fregando platos, escondidos en las cocinas, haciendo sushi , preparando los mejores platos de comida francesa o italiana. Aprenden rápido y aprenden a hacer cualquier cosa —lo que sea— porque de lo que se trata es de sobrevivir.   Aceptan condiciones de trabajo que ningún norteamericano siquiera consideraría. Sin respetar el salario mínimo, sin seguro médico, sin ninguna protección laboral, siempre bajo la amenaza de un despido injustificado o una denuncia al Servicio de Inmigración. Un día pueden tener trabajo y perderlo, sin razón, al día siguiente.   Son los que tienen que recoger nuestros desperdicios en los baños y vivir ocho, nueve y diez horas al día rodeados de malos olores.   Pocas veces los vemos pero su presencia es necesaria.   Los encontramos durmiendo en tráilers o en familia, amontonados, en un solo cuarto. Papá, mamá e hijos en un solo camastro porque no hay más. Y a veces hay que acomodar hasta a la tía y a la abuelita y al primo del amigo del vecino que acaba de llegar.   A pesar de todo lo que se dice sobre ellos —que son criminales, que son terroristas, que ponen en peligro el sistema legal del país— les confiamos a nuestros hijos, les permitimos que se metan a nuestros cuartos y hasta que tiendan nuestra cama.   Son las nannies que cuidan a un futuro presidente, gobernador, abogado, doctor, alcalde, actor, inventor, jugador de fútbol americano, estrella de Broadway o de Hollywood… porque sus papás tienen que trabajar.   Llevan a nuestros hijos al parque, los alimentan, los protegen igual o mejor que nosotros, y los cuidan como si fueran suyos porque, muchas veces, los suyos se quedaron atrás, en un país que queda a muchas horas en avión o a una llamada telefónica con tarjeta o a un click de computadora, pero es tan lejos que a veces se siente como si estuvieran en otro planeta.   Y están aquí porque, si no, se morirían de hambre en su país o porque no querían condenar su vida y la de sus hijos a la pobreza de sus padres y abuelos. Vinieron a buscar las oportunidades que no había donde nacieron. Y son precisamente los más fuertes, los más valientes, los más inconformes, los más rebeldes, los más valiosos, los que están dispuestos a hacer casi cualquier cosa para salir adelante, los que decidieron venir a Estados Unidos.   Pero el costo fue muy alto. Pasaron de ser visibles a inv

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