Un profesor español narra sus experiencias durante dos singulares años en la histórica Universidad de Oxford, una ciudad fuera del mundo y del tiempo. Todas las almas coincide con un nombre bien conocido en Oxford, el All Souls College, miembro del grupo de colegios que integran la famosa universidad. Con una buena dosis de humor negro, el narrador nos presenta una serie de cautivadores y extraordinariamente divertidos personajes: su amante casada, Clare Bayes, una mujer condicionada por algo que presenció pero que no recuerda; su amigo Cromer-Blake, un hombre que vive fabricando experiencias intensas para una vejez que prevé solitaria; el ya retirado y sagaz profesor Toby Rylands; el merodeador Alan Marriott, con su perro de tres patas; y muchos otros, hasta llegar al enigmático escritor John Gawsworth. Lleno de encuentros de amor y amistad, Todas las almas ofrece al lector un mundo excéntrico y entretenido, cómico e inquietante, magistralmente narrado, contra el trasfondo de una bella y enigmática ciudad. "Elegante, intelectual… Marías es un asombroso talento”. — The New York Times Javier Marías nació en Madrid en 1951. Es autor de las novelas Los dominios del lobo , Travesía del horizonte , El monarca del tiempo , El siglo , El hombre sentimental , Todas las almas , Corazón tan blanco , Mañana en la batalla piensa en mí , Negra espalda del tiempo , Tu rostro mañana: Fiebre y lanza y Tu rostro mañana: Baile y sueño , entre otros muchos relatos, ensayos, antologías y traducciones. Ha recibido numerosos premios, entre los que cabe destacar el Premio Internazionale Ennio Flaiano, el IMPAC Dublin Literary Award, el Premio Internacional Rómulo Gallegos, el Premio de la Crítica y el Prix Femina Étranger. Fue profesor en la Universidad de Oxford y en la Complutense de Madrid. Sus obras se han traducido a treinta y cuatro lenguas y se han publicado en cuarenta y cuatro países. Dos de los tres han muerto desde que me fui de Oxford, y eso me hace pensar, supersticiosamente, que quizá esperaron a que yo llegara y consumiera mi tiempo allí para darme ocasión de conocerlos y para que ahora pueda hablar de ellos. Puede, por tanto, que —siempre supersticiosamente— esté obligado a hablar de ellos. No murieron hasta que yo dejé de tratarlos. De haber seguido en sus vidas y en Oxford (de haber seguido en sus vidas cotidianamente), tal vez aún estuvieran vivos. Este pensamiento no es sólo supersticioso, es también vanidoso. Pero para hablar de ellos tengo que hablar también de mí, y de mi estancia en la ciudad de Oxford. Aunque el que habla no sea el mismo que estuvo allí. Lo parece, pero no es el mismo. Si a mí mismo me llamo yo, o si utilizo un nombre que me ha venido acompañando desde que nací y por el que algunos me recordarán, o si cuento cosas que coinciden con cosas que otros me atribuirían, o si llamo mi casa a la casa que antes y después ocuparon otros pero yo habité durante dos años, es sólo porque prefiero hablar en primera persona, y no porque crea que basta con la facultad de la memoria para que alguien siga siendo el mismo en diferentes tiempos y en diferentes espacios. El que aquí cuenta lo que vio y le ocurrió no es aquel que lo vio y al que le ocurrió, ni tampoco es su prolongación, ni su sombra, ni su heredero, ni su usurpador. Mi casa tenía tres pisos y era piramidal y pasaba en ella mucho tiempo, dado que mis obligaciones en la ciudad de Oxford eran prácticamente nulas o inexistentes. De hecho Oxford es, sin duda, una de las ciudades del mundo en las que menos se trabaja, y en ella resulta mucho más decisivo el hecho de estar que el de hacer o incluso actuar. Estar allí requiere tanta concentración y tanta paciencia, y tanto esfuerzo luchar contra el natural aletargamiento del espíritu, que sería una exigencia desproporcionada pretender que además sus habitantes se mostraran activos, sobre todo en público, a pesar de que algunos colegas solían efectuar sus desplazamientos siempre corriendo para dar una impresión de perpetuo ahogo y ocupación extrema en los intervalos entre clase y clase, las cuales, sin embargo, habían transcurrido o habrían de transcurrir en el más absoluto sosiego y despreocupación, como parte que forman del estar y no del hacer y ni siquiera del actuar. Así era Cromer-Blake y así era el Inquisidor, también llamado el Matarife y el Destripador y cuyo verdadero nombre era Alec Dewar. Pero quien negaba todos los simulacros de agitación y daba cuerpo y verbo al estatismo o estabilidad del lugar era Will, el anciano portero del edificio (la Institutio Tayloriana, llamado con pompa y latín) en el que yo solía trabajar con sosiego y despreocupación. Nunca he visto una mirada tan limpia (desde luego no en mi ciudad, Madrid, donde no existen las miradas limpias) como la de aquel hombre de casi noventa años, menudo y pulido, vestido invariablemente con una especie de mono azul, al que se permitía permanecer muchas mañanas en su garita de cristales y dar los buenos d