Cuenta Iris Guiñazú, en la Introducción de este libro, que los Tupinambas de la estirpe Tupí Guaraní conocen la forma de afinar el cuerpo en consonancia con la mente y el espíritu. Y es en estas tres estancias –que son una suerte de madre de aguas de la voz– desde donde la autora inicia su viaje en pos de descifrar sus recónditos misterios. Con una prosa que fluye plena de lirismo y de conocimiento, va auscultando sus recónditos pasajes –unos físicos y otros abstractos– hasta construir una escala en la que, con igual potencia, tanto lo visible como lo invisible confluyen en alzar la arquitectura de la voz, ese prodigio que puede hacer que en un susurro lata todo el universo. Refiere Iris que “los Vedas enseñan que los sonidos articulados por el hombre son eternos y su origen es sagrado”. Le llevaría años de reflexión y estudio auscultar en los distintos estados y mutaciones por los que la voz transita hasta aparecer como un ánima (hecha de muchas ánimas) en ese otro instrumento que es una persona. Y no dejó un secreto sin descubrir de ese enigma en este gran ensayo que es también un gran poema por lo que tiene de vuelo emocionado y de revelación. Señores lectores, tienen ustedes en sus manos una obra maestra (y posiblemente la más completa) que se haya escrito sobre la voz. Iris Guiñazú, en silencio –y hasta con el silencio mismo– hizo esta proeza. Leopoldo Castilla