Monte de los Olivos, Yerushaláim. Durante la primera vigilia de un caluroso día del mes de Nisán, ya iniciada la primavera boreal, cuando brotan los retoños, florecen los árboles y el equinoccio avisa la despedida de marzo y la llegada de abril, en el año 30 d.C. Había entonces un pueblo que todo lo escribía en libros, y ocurrieron hechos que, cualquiera en posesión de sus facultades intelectuales, haría justo en desacreditar, a no ser por las patentes evidencias que la historia no pudo borrar. Esa noche, un cielo nebuloso, oscuro y dilatado, ocultaba el viento negruzco que corría difuso por encima de los árboles, opacando la tímida luna astral de aquella noche, cuya luz se esforzaba para ofrecer una tenue y arrebolada transparencia, rojiza como la tierra edomita y colorada como la lenteja de Esáv; momento que señalaba el cronos de oscuros planes de las tinieblas, pero al mismo tiempo, el kairós de eternos y agigantados propósitos para el universo de los vivientes. La burlona oscuridad se confabulaba con el murmullo de siniestros y nocturnos merodeadores; y los incautos avanzaban pensando… qué sé yo… tonterías y banalidades humanas. Ignorando uno de los momentos más aciagos en la vida del Maestro redentor. En el camino, un campo sembrado de vides es dejado a su paso por el pequeño grupo de fieles seguidores que permanecen cercanos al Mashíaj, y mientras algunos se deleitan en las enseñanzas del dueño de la viña, otros reposan la cena del Aposento alto. Entonces llegó Yeshúa con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y les dijo: —Siéntense aquí, entre tanto voy allí y oro. Y la noche cambió a un ambiente tenebroso, en lo que todo pareció moverse con ese movimiento extraño que imprime la muerte y lo terrorífico. El viento soplaba y hacía rechinar la madera de los árboles, y más ruidos aparecían de todos lados y de distintas proporciones: como el de los reptiles arrastrándose sobre la hojarasca, el aullido de las bestias ociosas, vagabundas y erráticas; los gritos de roedores petisecos, y el ululeo de una lechuza, seguido de los ahogados gemidos de una rana atrapada en las garras nocturnas tratando de escapar. Y aquello se juntó al monótono golpe seco y agudo de una ventana moribunda, y a la espantosa música que anuncia el castigo de los culpados. Mientras en lo secreto, se escucha algo triste y pesaroso; no se percibe muy bien, pero parece ser el gemido de toda la creación, como quien con dolores de parto gime en el momento del alumbramiento. Y se inició la ceremonia de la transustanciación de las deudas; la que al parecer produce la contrición por los pecados de todos los difuntos ya muertos, ya sin solución, ya olvidados; y comenzaron a ser cargados sobre la vida del rey salvador los pecados de estos; y a ellos se computaron los millones de seres humanos vivos, sus pecados y sus ruinas, y el de los tantos millones de vidas del futuro, de los que no nacen todavía, sus errores y sus pecados, y se cargaron sobre la cuenta de un inocente, hasta que el peso se hizo insoportable. De repente, la noche cambió y los elementos también, y dejaron de ver al Santo, y comenzaron a ver a un desgraciado, asesino, criminal y delincuente, a un borracho; donde había pureza vieron inmundicia, donde había perfección vieron desolación; y lo menospreciaron. ********Esta historia narra los sucesos de Yeshúa Ha Mashíaj (Jesucristo), desde la cena en el Aposento Alto hasta el momento de la Cruz.*********