Desde tiempos inmemoriales, el mundo estuvo partido en dos reinos de magia elemental. Al este, donde las montañas besaban el cielo antes que en cualquier otro lugar, se asentaba el dominio de la Primera Luz del Sol. Una magia de inicio, de despertar, pura y radiante como el alba misma. Quienes la poseÃan sentÃan el pulso del nuevo dÃa en sus venas y veÃan el mundo teñido con el oro de la promesa. Al oeste, bajo tierras de roca volcánica y rÃos subterráneos, yacÃa el reino del Fuego Eterno. Su magia no era la chispa fugaz, sino la llama constante, la energÃa que reside en las profundidades, la pasión inagotable que calienta la tierra y forja el acero. Sus habitantes portaban la marca de una intensidad que no se extinguÃa. Separados por vastas extensiones de tierra y mares, estos reinos existieron en un equilibrio inestable, sus magias distintas, poderosas, pero jamás unidas. Se contaban viejas leyendas, susurradas en la oscuridad o bajo el sol del mediodÃa, sobre el dÃa en que la Primera Luz y el Fuego Eterno se encontrarÃan. Un encuentro que, decÃan los videntes, desatarÃa un poder sin precedentes, capaz de rehacer el mundo o de consumirlo en un torbellino de energÃa incontrolada. Pero el anhelo humano rara vez respeta el equilibrio ancestral. En un reino lejano, ajeno a las esencias puras del sol naciente y el fuego profundo, una reina sintió el peso del tiempo en sus sienes. Vio en las "espÃas plateadas" un desafÃo a su gloria, un recordatorio de la fugacidad. Y en su ambición por desafiar la naturaleza, por arrebatar la juventud eterna y el poder supremo, puso sus ojos en las leyendas, en las magias elementales. Sin saberlo, o quizás sin importarle las consecuencias, su búsqueda de dominio personal comenzó a tejer los hilos del destino, acercando reinos, despertando fuerzas durmientes y preparando el escenario para un encuentro que no se regirÃa por antiguos pactos o profecÃas controladas, sino por la mano caprichosa de la ambición, la sabidurÃa inesperada de una joven y el inevitable choque, y posterior abrazo, cuando el Fuego finalmente Besó al Sol. La era del equilibrio estaba por terminar. La era de la fusión estaba a punto de comenzar.